No sabía lo cansada que estaba hasta que me metí en cama. Me tumbé mirando hacia arriba, apagué la luz y miré hacia la oscuridad, repasando el día. Una jornada muy intensa, decidí cualificar así mi ajetreado aniversario. Había cumplido los deseados veinte y como siempre esa noche tocaba hacer balance del año anterior e imaginarme que me depararía el siguiente. Otro año decepcionante, aparte de empezar mi ansiada carrera no conseguía acordarme de un par de cosas mas reseñables que fuesen buenas. Respecto a las malas la lista se hacía interminable, otro año sin lo que mas deseaba, otro año sumida en la mas profunda de las soledades, y otra vez tocaba preguntarse el por qué de ello, a pesar de tener amigos la vida me había prohibido durante largo tiempo eso a lo que algunos afortunados llaman amor, y a pesar de ser joven, estar cuatro años sin nadie a quien amar de verdad empezaba a pasar factura. Seguía pensando en ello cuando un ruido fuera me devolvió a la realidad. Esperé pero no se escuchaba nada así que me acomodé en cama y decidí que lo mas prudente era dormir, el día había sido un ir y venir y estaba agotada. Fue entonces cuando lo escuché otra vez, mas cerca, mas nítido...eran pasos, se pararon en mi ventana. Golpearon el cristal y yo muerta de miedo me escondí entre las sábanas intentado protegerme. Alguien dijo mi nombre, conocía esa voz. Mi corazón pensó en salirse del pecho, abrí la ventana con apuro y ahí estaba el...tan guapo como siempre, con su gesto aparentemente impasible que me hacía sentir escalofríos.
-Estás preciosa en pijama-dijo mientras una sonrisa aparecía por fin en su rostro
-¿Que haces aquí, ha pasado algo, estás bien?
Se acercó a mi, cogió mi rostro y me besó con dulzura
-Siento haber tardado tanto
Desperté deseando que aquel sueño no acabase nunca, eran las cinco de la mañana, me había dormido mientras hacía balance de lo que fueran mis dieciocho años. Como siempre mis esperanzas se reflejaban en mis sueños, y como siempre, al volver a la realidad sentía esa sensación de frío y soledad que últimamente tan común era en mi. Me acomodé en mi cama, agudicé el oído pero nada se escuchaba fuera aparte de la lluvia. “Será mi destino vivir de ilusiones” pensé. Así que me dormí deseando que aquel sueño fuese premonitorio, creando nuevas esperanzas que se romperían en un año, cuando hiciese balance de mis diecinueve y no escuchase ningún ruido tras mi ventana...solo lluvia.
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