sábado, 15 de mayo de 2010

Pequeños detalles

Me encantan los pequeños detalles, son lo que hacen distinto cada día, son un rayo de luz en medio de la oscuridad. Me encanta esa sensación de energía después de estar enfermo, el aire fresco en un verano sofocante o el calor del sol en un invierno interminable. Ver una estrella fugaz en el momento en el que levantas la vista hacia el cielo en una noche llena de soledad, encontrar esa canción que hacía tiempo que tenías en mente, recibir un abrazo justo en el momento que lo necesitas. Que te preparen tu comida favorita después de un día horrible, la sensación de libertad al terminar tus obligaciones, el sentimiento de realización al hacer algo de lo que no te creías capaz. Me encanta que me dediquen una sonrisa, escuchar a los pájaros cantar cuando te despiertas, sentir ese agradecimiento cuando alguien hace algo por ti, ese cosquilleo en el estómago cuando ves a la persona que te gusta, un baño al final de un día agotador, el alivio al beber agua fresca cuando tienes sed, encontrar la solución al algo que llevas tiempo dando vueltas. Contemplar el ocaso y el amanecer sabiendo que al día siguiente podrás volver a ver ese espectáculo maravilloso, las cosquillas que produce la hierva en los pies descalzos, tumbarse en cama cuando el cansancio se apodera de tu energía, sentir el beso de una madre cuando cree que estás durmiendo. Me encantan los pequeños detalles porque son los que me hacen sentir realmente viva, conservan mi humanidad, renuevan mi fe y me arrancan una sonrisa.

miércoles, 5 de mayo de 2010

Reflexiones de un astro exiliado

Si, ahí estaba yo, contemplando el cielo nocturno, pensando en lo pequeña que me sentía. Veo las estrellas como puntos luminosos, aparentemente diminutos, pero desde allí ni siquiera pueden vernos. Aquí, en una prisión de pensamientos y vivencias protegidos por una coraza tan fácil de corromper, tan fácil de destruir que me hace sentir impotente y me atormenta. Rodeada de seres tan dependientes que aún cuando necesitan una vida propia la comparten. Hueso y carne que tienen miedo a que la muerte se los lleve en soledad, a no permanecer en el corazón de nadie, miedo a que esa guadaña siegue una vida vacía. Me limito a observar, no juego ningún papel, ellos tampoco, pero los aires de grandeza les impide ver más allá. Se aferran a la vida como el último rayo de luz del ocaso a su cielo, pero el sol volverá y ellos se convertirán en ceniza y aún siendo conscientes de ello, destruyen cuanto se interpone en su camino, no se paran a contemplar la belleza de las cosas que los rodean, no aprovechan el corto camino que les lleva a su fin. Seres egoístas e ingenuos que creyendo que viven mueren un poco cada día. Y yo, contemplando el cielo lleno de estrellas echaba de menos mi casa, desterrada por desear lo prohibido me había encontrado con este mundo donde habitaba una raza decepcionante. Castigada a vivir como ellos, a ser como ellos... solo compartía una cosa con los humanos y por eso ahora estaba en el exilio. Porque un día me pregunté que habría más allá, porque un día me llené de ilusiones y esperanzas sobre un mundo que está muriendo, porque un día llegué y la realidad me golpeó y ya era demasiado tarde para enmendar mi error...y ahora solo deseo volver y vivir como lo hacen las estrellas

domingo, 2 de mayo de 2010

El sueño ilusorio

No sabía lo cansada que estaba hasta que me metí en cama. Me tumbé mirando hacia arriba, apagué la luz y miré hacia la oscuridad, repasando el día. Una jornada muy intensa, decidí cualificar así mi ajetreado aniversario. Había cumplido los deseados veinte y como siempre esa noche tocaba hacer balance del año anterior e imaginarme que me depararía el siguiente. Otro año decepcionante, aparte de empezar mi ansiada carrera no conseguía acordarme de un par de cosas mas reseñables que fuesen buenas. Respecto a las malas la lista se hacía interminable, otro año sin lo que mas deseaba, otro año sumida en la mas profunda de las soledades, y otra vez tocaba preguntarse el por qué de ello, a pesar de tener amigos la vida me había prohibido durante largo tiempo eso a lo que algunos afortunados llaman amor, y a pesar de ser joven, estar cuatro años sin nadie a quien amar de verdad empezaba a pasar factura. Seguía pensando en ello cuando un ruido fuera me devolvió a la realidad. Esperé pero no se escuchaba nada así que me acomodé en cama y decidí que lo mas prudente era dormir, el día había sido un ir y venir y estaba agotada. Fue entonces cuando lo escuché otra vez, mas cerca, mas nítido...eran pasos, se pararon en mi ventana. Golpearon el cristal y yo muerta de miedo me escondí entre las sábanas intentado protegerme. Alguien dijo mi nombre, conocía esa voz. Mi corazón pensó en salirse del pecho, abrí la ventana con apuro y ahí estaba el...tan guapo como siempre, con su gesto aparentemente impasible que me hacía sentir escalofríos.

-Estás preciosa en pijama-dijo mientras una sonrisa aparecía por fin en su rostro
-¿Que haces aquí, ha pasado algo, estás bien?
Se acercó a mi, cogió mi rostro y me besó con dulzura
-Siento haber tardado tanto

Desperté deseando que aquel sueño no acabase nunca, eran las cinco de la mañana, me había dormido mientras hacía balance de lo que fueran mis dieciocho años. Como siempre mis esperanzas se reflejaban en mis sueños, y como siempre, al volver a la realidad sentía esa sensación de frío y soledad que últimamente tan común era en mi. Me acomodé en mi cama, agudicé el oído pero nada se escuchaba fuera aparte de la lluvia. “Será mi destino vivir de ilusiones” pensé. Así que me dormí deseando que aquel sueño fuese premonitorio, creando nuevas esperanzas que se romperían en un año, cuando hiciese balance de mis diecinueve y no escuchase ningún ruido tras mi ventana...solo lluvia.