En Halatier no existía el tiempo, pero, según sus cálculos, diecinueve años terrestres equivalían a los llamados ciclos de su planeta. Era un Waxprit y definitivamente pertenecía a una especie muy peculiar. Poseía habilidades como la de evaporarse y hacerse corpóreo a voluntad, viajando en forma de vapor a través del espacio. Podía sentir los sentimientos de los humanos, le llegaban en forma de descargas eléctricas que no conseguía impedir. Tenía una memoria envidiable y lo más impresionante, podía ralentizar la realidad, a decir verdad esa era su particuliaridad, de todos los waxprit el era el único que podía hacerlo. Con doscientos mililitros de cualquier líquido sobrevivía treinta días humanos pero le encantaba la comida terrestre, y era eso precisamente lo que lo traía aquí. El sentido del gusto era el único semejante al nuestro y gracias a eso sentía debilidad por la tierra y sus costumbres gastronómicas. Por supuesto podía adoptar forma humana, se pasaba la mayor parte de su estancia imitándonos, se lo tomaba como un juego y se divertía. Se sentía en deuda con nosotros, decía que el disfrutaba de nuestras costumbres y quería agradecernoslo. Así fue como mi equipo científico y yo dimos pasos de gigante. Siempre que venía nos traía parte de su tecnología, nos explicaba el funcionamiento y nos dejaba divagar y experimentar. Cuando volvía disfrutaba con los avances, por mínimos que fuesen y nos absorbía con alguna historia de su planeta. Tuve la gran suerte de verle tal y como era. Su cuerpo era rojo, la piel estaba seca y escamosa. Brazos largos que acababan en unas manos con tres dedos donde habitaba su sentido auditivo, sentido notablemente mejor que el de cualquier humano. Su cuerpo era largo y fino, como sus extremidades. Carecía de aparato reproductor, según me dijo, para tener descendencia bastaba con comer un fruto de Halatier, tras un ciclo su cuerpo se duplicaba para dar lugar a un nuevo miembro halatierano. Sus pies contaban con tres grandes garras. Su cabeza era ancha , con tres pequeños cuernos en la parte superior. Ojos redondos y negros, con una expresión vacía y una enorme boca que completaban dos grandes colmillos. Su vista no distinguía entre día y noche, veía a la perfección independientemente del tipo de iluminación, y para colmo, distinguía la diferente temperatura. Carecía de olfato, pues su excelente vista y oído llenaban ese hueco.
Un día, en una de sus múltiples visitas le pregunté quien sabía de su existencia. Me respondió que entre todo el planeta sólo había elegido a diecinueve humanos, le encantaba ese número, “ todos son científicos como tú, he buscado a personas cuyo potencial no es visto por los que les rodean, que tienen ese sentimiento de soledad que llenan con trabajo duro en beneficio para otros, que creen en la grandeza del universo y sabían que no eran la única raza del mismo a pesar de no haber tenido contacto con ninguna otra, personas que se sentían más de cualquier otro planeta que de este”
No hay comentarios:
Publicar un comentario